El cerebro humano y la Eva de las flores

Todos los terapeutas que trabajamos con esencias florales, ya sea las flores de Bach u otras, debemos hacernos una pregunta crucial:

¿Por qué las flores nos ayudan a sanar? ¿Qué misterioso mecanismo hace que ellas actúen con tanta prestancia y eficacia en el organismo humano?

Sabemos que cuando estamos trabajando con esencias florales, lo estamos haciendo en un nivel profundo al cual estamos enviando paquetes de información,  campos lumínicos arquetípicos (Luis Jiménez) relacionados con la consciencia universal, y que dotan a la persona de una consciencia natural que la conecta con el nivel evolutivo del arquetipo que está explorando. Esto es posible porque el cosmos siente, posee sentimientos, que nosotros los seres humanos también sentimos en nuestra calidad de fractales de la Totalidad. Esto lo dice ese español estudioso, generoso y curioso incansable que es Luis Jiménez. Y yo lo comparto ´plenamente. Cuando damos esencias florales, campos de información, estamos ayudando a nuestro consultante a resonar en la misma frecuencia vibratoria de ese arquetipo que es necesario descubrir, interpretar, conocer y comprender su mensaje.

Pero…como sucede a los niños, ahora surge la otra pregunta, el otro ¿por qué?

¿Por qué los campos lumínicos informativos precisamente de la flor?

Y la respuesta parece tenerla la Eva de las flores, la Amborella, el ancestro común de todas las plantas con flores. En la actualidad, varios equipos de investigadores de la flora, pertenecientes a universidades de Estados Unidos de América están abocados a descifrar el genoma de la Amborella Trichopoda en su calidad de ancestro común de todas las plantas con flores, y, por ende, el único sobreviviente de un antiguo linaje evolutivo. La Amborella es un género monotípico de arbustos de sotobosque o árboles pequeños endémicos de la isla principal, Grande Terre, de Nueva Caledonia. El género es el único miembro de la familia Amborellaceae y el orden Amborella y contiene una sola especie, Amborella trichopoda, nuestra Eva de las flores, la cual está permitiendo a los investigadores descubrir los secretos del misterioso proceso evolutivo que allanó el camino para el nacimiento de las más de  300.000 especies de plantas con flores que hoy embellecen el planeta.

¡Pero hay más detalles fascinantes!

El investigador de la Universidad de Buffalo, Víctor Albert, emparentó el estudio desarrollado con la amborella con el del ornitorrinco, y señaló que “de la misma manera que la secuencia del genoma del ornitorrinco –un sobreviviente de un antiguo linaje– puede ayudar a estudiar la evolución de todos los mamíferos, la secuencia del genoma de amborella puede ayudarnos a aprender acerca de la evolución de todas las flores”.

Evolución por duplicidad: el equipo científico señala que existen pruebas concluyentes de que el ancestro de todas las plantas con flor, incluyendo la amborella, se desarrolló por la acción de la duplicación genómica, hace unos 200 millones de años.

¿Y cómo relacionamos esta información con la pregunta crucial del comienzo: por qué las flores nos sanan?

Aquí tenemos que aludir al cerebro humano, porque él tiene la respuesta:

Todos los seres vivos deben relacionarse con el medio ambiente en el que se desenvuelven, percibir los cambios que en éste suceden y producir respuestas a esos cambios; dichas respuestas pueden ser externas -por ejemplo un movimiento-  o bien internas y por tanto no apreciables, pero siempre el objetivo será el mismo: mantener la homeostasis. Para lograr esto, los organismos han desarrollado mecanismos para percibir estas alteraciones ambientales y mecanismos efectores para emitir la respuesta deseada.

Estos mecanismos serán simples o más complejos dependiendo del organismo. En aquellos que han alcanzado un cierto nivel de complejidad y organización se habla de SISTEMA NERVIOSO; en este sistema nervioso hay un centro en el que se integran los diferentes estímulos internos y externos y del cual se emiten las respuestas: el CEREBRO, del cual podríamos llenar páginas y páginas. Sin embargo, lo que nos interesa aquí es llegar a relacionarlo con la Amborella, la Eva de las flores.

Se ha planteado que el cerebro humano  funciona basándose en circuitos neuronales reiterativos, los que siguen los principios de las ecuaciones de la teoría del caos y que se originaron posiblemente desde la época de los Australopithecus para los engramas corticales más recientes, y desde épocas mucho más primitivas para funciones vitales y de supervivencia. Aquí tenemos que recordar al gran Paul McLean, quien nos ayudó a comprender tantos misterios del comportamiento humano con su teoría del cerebro trino, la cual plantea que tenemos partes de cerebro de reptil, de mamífero y de primate.

Lo que sí es un hecho indiscutible es que el cerebro se desarrolla para afrontar la complejidad del medio ambiente. Y así fue desde el principio de los tiempos. Sobre el cerebro reptil, el más primitivo, fueron apareciendo paulatinamente, como respuesta a esas exigencias, el cerebro mamífero con sus prodigiosas estructuras y más tarde el  neocórtex, responsable de todas las altas funciones humanas como el lenguaje.

Dato importante para ir comprendiendo: el género Homo apareció hace 2 millones de años. La expansión importante del cerebro comenzó hace aproximadamente medio millón de años y la aparición de seres humanos anatómicamente modernos surgió hace 150.000 años.

Volvamos a la Amborella. Al ser la flor más antigua del planeta, es también la más sencilla, la más primitiva, con sus estructuras básicas que podemos comparar al cerebro reptil, el más primitivo en el ser humano.

Y si el cerebro se desarrolla para afrontar la complejidad del medio ambiente, para adaptarse, para evolucionar, así también sucedió con la flor. Su genoma se fue duplicando para ir dando forma a nuevas estructuras que permitieran la adaptación y la supervivencia. Y así fue como se ha llegado hoy a las más de 300.000 especies de plantas con flores en el mundo.

Y aquí viene el dato que nos permite enlazar cerebro y flor: las fuerzas formativas. Si viajamos en la cápsula del tiempo hacia los remotos tiempos de Adán Y Eva, o mejor aun de nuestros antepasados más primitivos, podemos aventurar que flor y cerebro humano fueron moldeados por las mismas fuerzas formativas.

¿Y qué son las fuerzas formativas?

Rudolf Steiner, uno de los grandes maestros de Edward Bach y padre de la antroposofía, introdujo  su Teoría de los Elementos y los Éteres. Describió el cuerpo etérico o cuerpo vital como principio de vida que reside en la planta, el animal y el hombre y más tarde añadió el concepto de cuerpo de fuerzas formativas o cuerpo morfogenético: estas fuerzas se refieren a los cuatro Elementos: tierra, agua, aire y fuego.

Si nos remontamos a la aparición de la Amborella sobre la faz del planeta más de 200 millones de años atrás, si nos remontamos a la aparición del cerebro reptil en nuestros antepasados homínidos hace medio millón de años, podemos imaginar como esas fuerzas formativas fueron actuando sobre ambos, cerebro y flor, sobre los genomas duplicando, mutando, para que fueran apareciendo nuevas estructuras con las cuales, cerebro y flor, pudiesen afrontar las exigencias del ambiente.

Puedo cerrar los ojos e imaginarme el escenario, viajar a millones de años luz por sobre la faz del planeta y verlos a ambos, flor y cerebro, cerebro y flor, inventándose, reinventándose, recubriéndose, sacando de las mismas fuerzas formativas el impulso, la energía vital para evolucionar.

Lo que necesita uno, lo sabe el otro. Se auxilian. Se sostienen. Se fortalecen. Se sanan el uno al otro. Y esta es, a mi juicio, la respuesta a la pregunta crucial que planteábamos al comienzo de esta entrada.  HASTA PRONTO!

 

 

 

 

HASTA LA PROXIMA ENTRADA

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Published by: mariaestercespedes

Soy Terapeuta Floral desde el año 2002. Número de Registro de la Asociación Gremial de Terapeutas Florales de Chile: 253 y dela SEDIBAC con el registro 2104 Autora de los libros "Terapia Floral para niños de hoy" (en conjunto con la Dra. Amanda Céspedes) , "Flores: Energía que sana" (en colaboración con Cecilia Gálvez), y Era una Gotita, del 2016, todos publicados por Ediciones B

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